Emilio Vera Da Souza everadasouza@gmail.com Miercoles, 3 de Abril de 2019

Malvinas, soldados y un viejo asqueroso

Fogwill era el último punk y escribió la mejor historia sobre los que pasó en Malvinas.

Miercoles, 3 de Abril de 2019
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Miercoles, 3 de Abril de 2019 | Fogwill era el último punk y escribió la mejor historia sobre los que pasó en Malvinas.

Cuando supe de él me sorprendió su nombre. Luego me dio curiosidad el nombre de uno de sus libros: “Mis muertos punk”.

Me gustaron los cuentos de “Música japonesa”, “Ejércitos imaginarios”, “Pájaros de la cabeza” y “Restos diurnos”. Mostraban destellos de cómo se vivía durante la dictadura
Posteriormente, en los albores de la democracia, yo publicaba la historia del movimiento punk en Londres. Hacía muy poco que había terminado mi propia negra y larga noche, llamada oficialmente para todo el mundo “servicio militar obligatorio”. Allí lo conocí. Supe que era un escritor raro. No venía de la academia, no venía de los sagrados claustros de la cátedra. Era sociólogo, empresario, capo de un estudio de creativos de publicidad, y aparte de ser el responsable de las más recordadas publicidades de cigarrillos (“Jockey Club, la pura verdad”), generó la marca que lo llevó a ser uno de los escritores más extraños, originales, polémicos, controvertidos, cínicos, el más odiado y el más temido por sus pares, por los críticos. Y admirado por los lectores que lo descubrían. Rodolfo Enrique generó la marca inconfundible que fue su propio apellido, “Fogwill”. Nació en 1941 y empezó a publicar casi a sus 40 años y no paró. Dejó su agencia de publicidad y los lujos a los que accedió por sus éxitos comerciales. Su yate y su colección de autos antiguos. Dejó todo.

Y dejó para nosotros su mejor relato. Fogwill escribió la historia de un grupo de soldados en las islas Malvinas. La tapa del libro tenía el diseño de la etiqueta de licor Tres Plumas y decía “Los Pichy-cyegos, visiones de una batalla subterránea”, de Rodolfo Enrique Fogwill, Ediciones de la Flor (1983). Pero lo más interesante de esta historia de soldados en la guerra, es que la escribió mientras transcurría la guerra, antes de que terminara, antes de que tuviéramos noticias reales de lo que pasaba en esa guerra. Mientras que el general Leopoldo Galtieri, entre sus tormentas de hielos revueltos con el dedo en su vaso con tres medidas de whisky, desde su escritorio en Buenos Aires, mandaba a la muerte a los chicos, y los diarios y revistas decían desde sus tapas “Estamos ganando”, Fowgill se apuraba a escribir su crónica de guerra, antes de que volvieran los soldados.

La escribió en seis días entre el 11 y el 17 de junio de 1982.

Cuando volvieron los soldados supimos que lo que imaginó el escritor era mucho más real y espantoso que la propia guerra. Yo leía mientras lloraba. Y Fogwill provocaba a los que querían escucharlo. Era un peleador, un boxeador de las ideas. Muchas veces me enfrenté a él y no le perdoné algunas de sus exageraciones.

Sus provocaciones me indignaban.

Pero era un genioso. Y eso no se encuentra fácilmente por allí. Era un indecente como Charles Bukowski. Era un asqueroso, no porque diera asco, sino porque mostraba el asco.
Muchos ahora proponen algo que llaman “servicio civil voluntario” tomando como ejemplo ese invento castrense de la colimba.

Otros proponen la vuelta a los cuarteles de los soldados, en formato remixado. Con la discutible intención de que los jóvenes estén ocupados y no haciendo lo que deben hacer los jóvenes. Como si los militares estuvieran preparados para educar. Como si hiciera falta marchar al son de la música militar, con armas en los hombros, para que se termine la delincuencia, o para aprender un oficio. Como si no supiéramos lo que hacen los militares con los jóvenes en todos los lugares del mundo.

Como si la historia del asesinado soldado Carrasco en Neuquén, un botón de muestra, no alcanzara. Como si lo que le pasó al soldado Navarro en el RIM 11 en Tupungato no fuera suficiente. Como si el relato “Bajo bandera”, de otro escritor, Guillermo Saccomanno, no fuera elocuente. Todos los que hicieron la colimba (COrre, LIMpia y BArre) saben lo que pasa en un cuartel con soldados obligatorios.

Saben qué pasa en los lugares donde hay concentración de armas. Todos saben cómo eran usados los soldados como servicio doméstico gratuito por algunos suboficiales y oficiales y sus esposas. Todos sabemos en lo que termina la obediencia debida cuando las órdenes son indebidas, incorrectas, ilegales. Muchos saben lo que significa para un país que se instruya a los jóvenes en la violencia y para la guerra, en lugar de instruirlos en lugares especializados en educación, con valores que referencien la cultura, la solidaridad, la producción, las ciencias y a las artes.

Fogwill era el último punk y escribió la mejor historia sobre los que pasó en Malvinas. Yo quería gritarle en la cara que era un cabrón. Y fue tan cabrón, que no me dio tiempo.

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