Emilio Vera Da Souza everadasouza@gmail.com Miercoles, 9 de Enero de 2019

Saludo para el querido Viejo Juan

Conocí a Juan Argerich hace varios años. Me llamó él para pedirme un favor. Quería completar una colección de fascículos que aparecían semana a semana en el diario, y consiguió mi número y me llamó. Los fascículos formaban parte del libro El Quijote de la Mancha, ilustrados por Miguel Rep, que luego se convirtió en un libro de gran volumen. 

Miercoles, 9 de Enero de 2019
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Miercoles, 9 de Enero de 2019 | Conocí a Juan Argerich hace varios años. Me llamó él para pedirme un favor. Quería completar una colección de fascículos que aparecían semana a semana en el diario, y consiguió mi número y me llamó. Los fascículos formaban parte del libro El Quijote de la Mancha, ilustrados por Miguel Rep, que luego se convirtió en un libro de gran volumen. 

Juan quería tener todos los dibujos de Rep. Decidimos encontrarnos para darle los ejemplares que le faltaban y le llevé una sorpresa: el ilustrador Miguel personalmente le realizó un dibujo que pintó con vino tinto y le obsequió al amigo Juan.

El ingeniero Juan Argerich era un hombre único. Duro como hombre de campo. Hablaba lentamente sólo lo necesario. Le gustaba tocar la guitarra, algún tema folklórico. Tenía costumbres de campo adentro. Vestía siempre con bombachas batarazas, cinturón de ristra de monedas, pañuelo al cuello de su camisa de tela rústica. A veces sombrero. A veces botas o alpargatas. Siempre barba larga, blanca de años.  Juan Argerich era un hombre de vino. Un adelantado en ideas y acción. Cultivaba un estilo personal y elegante dentro de lo rústico.
Varias veces que yo le pedía profundizar en algún dato sobre los detalles de los vinos me conseguía interlocutores para que pudiera entrevistar. Era su manera de escaparse de ser protagonista. No quería estar en la cresta de la ola. Con disimulo y discreción pasaba inadvertido entre sus pares. Juan era un hombre duro pero humilde.
Todos podrían pensar que le gustaban los caballos. No sé si le gustaban. Pero lo que sí sé es que le gustaban las motos. Las motos clásicas, grandes, elegantes. Con diseño de los años 60. Seguramente coincidente con sus años de juventud. Juan era un tipo fuera de serie. Sus ideas con respecto a la producción de vinos eran siempre de vanguardia.
Trabajó en importantes emprendimientos. La Bodega Arnaldo Etchart en Salta, fue un lugar importante en su vida profesional. También fue el inventor de los vinos Alta Vista, bodega que dirigió hasta sus últimos días con pasión cotidiana y sin pausa.
La normativa sobre el vino envasado en origen, la producción de mosto sulfitado, las acciones en defensa del sector de los productores de vinos, los cambios de la mano del conocido gurú Michel Rolland a quien trajo a la Argentina, fueron algunos de los hechos de la historia local que lo tuvieron como protagonista.
Nunca quiso la formalidad de una entrevista periodística aunque conversábamos horas, sobre temas vinculados.
Con la excusa de una afección estomacal, consumía antes de cada comida un ají picante que llevaba en un bolsillo de cuero. Lo partía cuidadosamente con una navaja y lo comía lentamente. Luego, tomaba un poco de su copa de tinto y después el plato principal.
Varias veces nos juntamos a comer con algunos de sus hijos. Yo hacía la comida y él, siempre generoso, traía los vinos. Algunos para tomar allí mismo. Otros para que guardara para beber juntos o en soledad más adelante.
Le gustaban los clásicos de la literatura. Los discos de grupos folklóricos. Una vez me hizo buscar uno bien difícil. Los Huanca Huá le gustaban más que otros.
Yo le preguntaba todo lo que podía intentando no invadir su espacio pero tratando de conocer algunas de sus historias.
Siempre era muy reservado con sus asuntos personales. Quería a sus hijos aunque le costaba mostrar su afecto. Yo siempre lo saludaba dándole la mano pero en los últimos tiempos me animé un poco más y lo abrazaba en cada saludo. En su casa, familiarmente le decían El Tata.  Yo le decía simplemente Juan. Alguna vez le dije Viejo Juan. Nunca me dijo nada al respecto. Se dejaba como una manera de demostrar su cariño.  Sé también que se hacía leer mis escritos en voz alta cuando le gustaban. Cuando me lo contaban, me daba un poco de pudor. Pero era su manera de hacerme participar de sus gustos y su mundo.  
Hace poco tuvo la mala idea de dejarnos solos. Estaba un poco cansado. Yo recién ahora me animo a decirle que lo extraño.

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