El diario gratuito de Mendoza

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Emilio Vera Da Souza everadasouza@gmail.com Miercoles, 18 de Julio de 2018

Cansada de la rutina

Todos los días, ella se encarga de hacer lo mismo. Mira los mismos lugares, anda los mismos caminos, escucha los mismos sonidos, se mueve con el mismo ritmo.

Desanda los mismos pasos.
Cada día, los que la observan, la ven igual. El mismo vestido con flores, los mismos dientes brillantes, el mismo olor a su perfume sensual. El mismo humor. El mismo amor. Ninguna lágrima.
Permanentemente piensa las mismas cosas. Recuerda los mismos besos, trae a su memoria las mismas caricias. Siente el sabor de los mismos humedales. Sabe el color de las mismas pasiones. Cierra los ojos y le vuelve al pensamiento: la misma voz, la misma palabra secreta al oído, la misma sensación atribulada.
Cuando irrumpe la tarde y el cielo comienza a tomar ese color extraño, para el lado de las montañas, como rosado, como naranja apagado, como celeste deformado, ella espera que los minutos se detengan y que las horas no lleguen y que la noche no aparezca… quiere que todo quede en ese instante. Como una foto. Todo detenido… un instante más largo que anteceda lo que viene…
Apenas pasa el momento ella genera otros pensamientos. El momento pasa porque de eso están hechos los momentos… de material esponjoso sólo armado para que se termine. Para eso un momento es un momento. Ella entonces, con más inquietud que nunca antes de ese día, busca imprimirle a su ritmo cotidiano una velocidad única. Pero no sabe si lo logra y tampoco le importa. Quienes la observan ven sus manos tomar las cosas con más fuerza y caminar con una viveza inusual, arremolinarse los pliegues de la falda y tener pasos firmes dirigidos hacia el mismo lugar. La noche no debe sorprenderla quieta. Piensa en ese mismo instante en que lo oscuro del crepúsculo lo va tiñendo todo, mientras ella es consciente de lo que ocurre con la ausencia de la luz. Llegada la noche, todo todo todo está quieto y absurdamente en su lugar. Sólo así es reconocible cada espacio. Cada objeto inanimado es definido por el espacio que ocupa, por su lugar de siempre, por la inmovilidad de su destino.
Esperando lo que siempre espera, ella se deja abstraer por los acontecimientos.
Ya sabe que, como ocurre cada día, lo que vendrá indefectiblemente va a venir.
Nadie percibe que su corazón agalopadamente se agita y sus manos, que sí pueden verse, acomoda sus pelos como a ella le gustan… desprolijamente caídos para los costados, sin marca de peine, sin armado artificioso. Lo oscuro ha invadido todos los espacios. Y como era de esperar, lo esperado nuevamente ocurre. Sin ningún sonido que lo anuncie, sin nada que lo delate, él no abre la puerta. Él no la sostiene por la cintura para atraerla a su cuerpo y apretados así, darle un beso atropellado.
Él no le desarma su peinado sin artificios, no le desabrocha los primeros botones del vestido con flores, ni le pasa la mano por la espalda, ni se queda con sus dedos entre las firmes caderas. No sucede, como no sucede desde hace no sabe cuánto tiempo, que él la lleva sutilmente de la mano a la cama, entre penumbras y sonidos sordos y música a lo lejos. En la habitación, se desatan aún más las pasiones de las manos y los dedos repasan geografías innombradas, y las bocas besan como siempre todo lo besable, como siempre antes. Como nunca antes. Las manos, esas furtivas expedicionarias que van adelantando a los propios deseos, no se arremolinan para sacar las ropas y los cuerpos no se vuelcan al descuido sobre las sábanas blancas.  Y los cuerpos no se encuentran, ni se fusionan, ni se transpiran, ni se mojan. Nada de eso sucede, como nunca sucede nada. Y es así como cada noche lo mismo pasa y lo mismo ella deja pasar. Una rutina que la envuelve como son las rutinas. Cotidianamente. Día a día.  Tarde a tarde. Noche a noche.

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