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Emilio Vera Da Souza everadasouza@gmail.com Jueves, 8 de Febrero de 2018

Fragmento de una novela (1)

Había reiniciado la escritura de su novela, suspendida antes por cuestiones más urgentes, siempre demorada con excusas más o menos creíbles. Pero él sabía la verdad. Ninguna tarea le importaba más que terminar, aunque el miedo lo paralizaba cada vez en forma más evidente.

Jueves, 8 de Febrero de 2018

El nombre era lo de menos. Sabía que tendría tres buenas opciones. Todos buscaban o ser originales o ser marketineros. Su editor, un escritor que tenía más oficio y suerte que buenas ideas, ya le había dado la autorización para que avanzara y se habían puesto de acuerdo para terminar en los próximos tres meses. Como siempre, los plazos se habían extendido. Era normal, le dijo el jefe, pero los tres meses se habían convertido en casi cuatro años… y aun así, le faltaba un poco para poder imprimirla.

Todos miraban entusiasmados los primeros resultados. Bueno, todos, todos, no eran gran cosa. Se podían contar fácilmente: el editor, el jefe, el dibujante, el diagramador, el corrector, su pareja de esos días y un amigo, al que él le confiaba sus asuntos más importantes, pero que no tenía ni idea de literatura, de libros, de estrategias ni de buen gusto. Sólo confiaba en él porque era honesto… y por discreto. Y porque en las peores situaciones había mostrado refinamientos únicos sobre esos atributos. Era incapaz de traicionar. Y eso estaba probado.

Volviendo a los nombres, ya había consenso para uno en particular aunque le gustaba jugar con las opciones a la hora de comentarlo. Siempre que los decía, miraba atentamente la reacción de su interlocutor de tal manera de intentar adivinar cuál de los tres elegidos era el apropiado. Nunca se daba cuenta de cuál, pero lo mismo le gustaba ese juego inútil.

No podía unirlos en su mente. No se podía aunque últimamente era casi una obsesión.  ¿Qué sería lo más adecuado? Y se pasaba días y días con solo ese misterio a resolver. Rumiando en su cabeza todas las opciones, descartándolas, volviendo a armar las piezas y finalmente tirando por la ventana, en un intento fracasado de olvidar, las posibles respuestas.

Le gustaba Cabernet Franc. Al fin y al cabo, él se consideraba a sí mismo un hombre vinculado a los vinos y ese mundo. Un tanto lugareño, un tanto geográfico, algo exótico pero también algo misterioso. Desde niño había paseado por todas las etapas del vino y esas fábricas gigantes a los que todos llamaban bodegas. Tenía recuerdos vívidos y detalles imborrables desde que con su padre pasaba por los lugares más ocultos de las bodegas. Eso no lo sabía casi nadie. Su amigo Miguel lo había bautizado con ese nombre. Cabernet. Y eso le gustaba.

Otro nombre que le venía a la cabeza era Styll. Sonaba a inglés, sonaba fuerte, sonaba extraño. Le gustaban los nombres de sus escritos con una sola palabra. Le parecía más intrigante y que eso atraería a los posibles lectores. Sólo pasaba en su imaginación. Ni un solo lector se había ganado por el título. Pero esa era una idea sostenida desde los comienzos y le parecía que estaba bien dejarse acompañar por ideas que lo perseguían apenas desde el inicio de sus incursiones con el uso de las palabras como oficio. Nunca se decía, ni para sí ni para otros, que era un profesional. Nunca se presentaba ni se dejaba presentar como escritor. Al comienzo era por una extraña vergüenza. Luego sentía que aún no se había ganado ese insignificante reconocimiento. ¿En dónde estaba dicho que alguien pasaba de intento de escribiente a escritor? ¿Quién otorgaba esa habilitación? ¿Quién lo podía autorizar a ser escritor y por qué motivo? ¿Cuál sería el texto fundacional? Styll era un juego de letras traído como casi un homenaje. Entre la traducción de la palabra Estilo (que a él le gustaba utilizar) y la historia de otro periodista que lo antecedía. Había descubierto hurgando en viejas cartas familiares y en algunos diarios de la biblioteca que ese era el seudónimo que usaba su abuelo escritor, pintor, periodista, cuando quería hacer alguna denuncia y tratar de que no lo persiguieran. Firmaba Styll los escritos en donde defendía a los colegas encerrados en las cárceles de la dictadura de su patria. O cuando denunciaba hechos de corrupción o daba a conocer detalles de esa guerra larga y dura. Sólo dos personas sabían que su abuelo era Styll, y eso lo llenaba de orgullo y a su vez, no sabía cómo darlo a conocer. Esta le parecía una buena oportunidad.