Mendoza,

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Emilio Vera Da Souza

Un abrazo para mi amigo Lito

Hace un tiempo escribí una breve historia del Lito. Allí describía un poco sus costumbres, sus anécdotas, sus andanzas.

1/11/2017

Allí se contaba sobre sus cualidades, sus artes y sus oficios y sus artificios, solamente con el fin de que aquellas personas que nos resultan interesantes sean también conocidas por ustedes.

Ha pasado el tiempo y como casi siempre, pasa el tiempo y pasan las cosas, los hechos. Nada permanece quieto y las personas transcurren con su natural devenir. Y de eso se trata la vida.

Al Lito todos los que lo conocen le dicen Lito y algunos pocos saben que se llama Luis. Luis Martínez. Es el padre de un amigo que trabaja dos escritorios más allá del mío, cada tarde como desde hace casi veinte años.

Al Lito yo lo conozco hace mucho, pero cada vez que lo encuentro y hablo un poco con él, sé detalles de sus nuevas vivencias.

En mi relato anterior decía que “Lito es un tipo común, de esos que uno ve por allí a montones; pero este amigo mío se destaca entre todos. Se destaca porque lleva los fuegos con él. Desde siempre. Trabajó en la fábrica de envases de vidrio más grande de por acá. Una industria fundamental para el desarrollo de las bodegas. El Lito era encargado de los hornos para fundir el vidrio. Y tenía siempre control sobre el fuego.

“El Lito se casó con Hilda y juntos tuvieron y criaron a sus dos hijos, a los que les pusieron sus nombres como escudo, para que supieran de dónde venían. El Luisito y la Gringa, crecieron junto a los fuegos del hogar que alimentaba el Lito y cuidaba Hilda, en la casa de siempre, allí por la cuarta esquina de la calle Mitre de Maipú.

“El Lito siempre que tenía algún inconveniente de salud terminaba en el quirófano. Tiene una operación para cada dolencia padecida. Inclusive, pienso yo que lo han operado de cosas que ni él mismo sabe.

“Hace varios años que Lito dejó la tarea de los hornos de la fábrica de vidrio para acogerse a los beneficios de la jubilación. Entonces desde que es jubilado se dedica exclusivamente a los fuegos de las parrillas. Allí donde hace falta un asador, convocan al Lito. Y todos los que prueban sus manjares a las brasas o al fuego, no pueden olvidar esos sabores.

“El Lito es un hombre sencillo, simple, sin rebusques. Goza del placer de ver cómo gozan con sus comidas sus comensales. Ese es su mayor placer. Y su familia, sus hijos y sus nietas. El Lito es un tipo que de tanto verlo, pasa desapercibido. Pero cuando uno lo descubre, jamás vuelve a ser el mismo. Todos saben de su gran corazón y de sus compromisos afectivos. Un hombre solidario. Concretamente solidario.” 

Hace poco, un apenas de almanaque, el Lito ha despedido a su compañera de toda la vida. Se nos fue la querida Hilda. Y el Lito anda triste. Con los pasos un poco más lentos. Con algunos brillos por los ojos. Más triste que su costumbre. Cuida de la Gringa como antes o más que antes. Sale poco aunque tiene bastantes visitas y cariños de su familia, sus nietas. Hace poco comimos unas empanadas con vino en su casa. Hablamos poco. Pero se notaba en el ambiente la ausencia de la vieja compañera y jefa de la casa.

Ahora vienen días más cálidos y la gente tiene ganas de juntarse y seguramente lo invitan a hacer algún asado.

Allí saldrá Lito con su bicicleta por las calles de Maipú, con su caja de herramientas, llena de enseres y cuchillos y envases para sus condimentos y piedras de afilar y otros objetos misteriosos. Tiene un molinillo de pimienta único en el mundo. Yo se lo deseo cada vez que lo veo usarlo.

Aunque aún no me quiere decir cómo prepara ese menjunje que le pone al pollo antes de sacarlo de la parrilla para cortarlo y servirlo, tiene otros actos de generosidad.

La semana pasada me mandó unos guantes largos de cuero, gruesos, para sacar las fuentes del horno, el pan que hago cada semana.

Poco a poco el Lito va, como siempre, a la tarea que alegra a los amigos.

Ahora le hacen falta unos buenos abrazos, algún rato compartido sin muchas palabras. Algún cariño de amigos. Saludo para el Lito.

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