Mendoza,

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Emilio Vera Da Souza

¿Podríamos intentar reír sin límites?

Dicen los que saben sobre el humor y algunas de sus variantes más difíciles, que son rasgos de refinada inteligencia. Y quienes pueden comprenderlo, practicarlo, disfrutarlo y difundirlo, son personas en general que practican el buen gusto, las ideas de avanzada y las libertades individuales como costumbre.

27/9/2017

Hay mucho escrito sobre eso pero lo mismo el humor y sus derivados como el sarcasmo y la ironía, a veces son tenidos como espacios donde es más conveniente poner límites que practicar libertades.

¿Hay que poner límites al humor y sus géneros a fin de no ofender a algunos de los posibles públicos destinatarios? ¿Hasta dónde se puede llegar? ¿Deben disculparse los humoristas cuando alguien se muestra ofendido?

¿Hay temas prohibidos sobre los que los humoristas no deben hablar?

Si estamos de acuerdo en los principios de la convivencia democrática y la libertad de expresión y de opinión, no debería tener límites esta disciplina tan difícil como seria.

Por más que parezca un chiste, el humor es cosa seria. La historia lo demuestra. Hay gente que ha muerto por un chiste o una broma o una humorada.

Hay bromas de mal gusto. Hay chistes con groserías, con palabras malsonantes, escatológicas, obscenidades. Hay temas tabú para algunas sociedades y culturas. Hay temas prohibidos en algunos lugares del mundo.

¿Cuál es el límite entonces? El dolor ajeno, el buen gusto, la ofensa, las leyes, la libertad y hasta la propia vida parecieran ser las fronteras del humor.

Algunos piensan que las bromas de mal gusto tienen que tener el consentimiento del destinatario.

Hacer bromas sobre pedófilos, seguramente serán ofensivas para las víctimas. Hacer bromas de machos o machismo, son de mal gusto para las mujeres pero sobre todo para aquellas que han sufrido abusos, vejaciones, violencia de género, atropellos, violaciones y discriminación sólo por el hecho de ser mujeres y que son muchas a las que les pasa.

Hacer humor sobre costumbres diferentes a las nuestras, referidas a personas de otras culturas, puede ser ofensivo.

Los asuntos que hacen reír a algunos sobre contradicciones de asuntos religiosos probablemente resulten de poca gracia a quienes practican las religiones a las que se hace referencia. Los chistes sobre judíos no causan el mismo efecto si los autores son de esa colectividad a cuando los hacen personas evidentemente intolerantes, xenófobas o racistas. Podríamos hacer una interminable lista de ejemplos. ¿Cuál es el límite entonces? ¿Hasta dónde podemos llegar?

Que alguien esté ofendido no le da la razón. Hay gente que se siente ofendida por la sola presencia de gays o de discapacitados, o de extranjeros, o de musulmanes. Eso no les da la razón. Ni les otorga derechos. Todos los chistes potencialmente podrían molestar a alguna persona. Sin excepción. No por eso se dejan de hacer, de reproducir, de inventar.

A veces los ofendidos, para defenderse de un humorista, le provocan una ofensa... y allí comienza otro planteo: ¿hasta dónde somos tolerantes aunque algo no nos gusta o no nos cause gracia o risa? Hay personas que necesitan aclaraciones, pero un chiste explicado no es chiste. No hace gracia a nadie. Explicarlo anula la sorpresa, elimina la posibilidad de causar gracia y no sirve para nada.

Para comparar y entender mejor: ningún comediante o actor dramático que actúe en su personaje como “asesino” se le ocurriría decir “tengan en cuenta que yo no estoy de acuerdo con matar gente”. Nunca aclaran eso. Nunca. Entonces: ¿por qué tendría que explicar o pedir disculpas un humorista por alguno al que no le hace gracia? Nadie le pone límites al drama o a la comedia. ¿Por qué habría que ponerle límites al humor entonces?

Siempre prefiero, ante una situación que me genera dudas, pensar cómo sería si en vez de restringirla, le damos más libertad. Luego de tantas prohibiciones y limitaciones, podríamos probar qué ocurre si ampliamos los límites. A lo mejor, hasta nos reímos un poco más.

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