Mendoza,

de
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Emilio Vera Da Souza

Tempus fugit

“El tiempo huye, el tiempo se escapa, el tiempo vuela”. Eso, más o menos, quería decir el poeta.

8/8/2017

Algunos, como Paula, lo tienen tan presente que se lo tatúan en el cuerpo para no perderlo. Otros ni saben qué les pasa con el tiempo.

El tiempo inexorable, cruel, temerario, intimidante, nos pasa a todos. Verdades de ese tipo llamado Pedro Grullo que nadie sabe si existió, pero citan como si tal cosa.

Algunos les creen a los espejos pero de tanto cotidiano acto de verse casi no perciben lo contundente del cambio. Y sólo sirve ese método para medirse a uno mismo con respecto al propio recuerdo. Ya se sabe que todos son benévolos consigo mismos y crueles con el resto de la humanidad, aunque lo nieguen.

Otros, más prácticos que científicos apelan al método de mirar las caras de las personas que ven cada tanto... parientes lejanos, compañeros de la secundaria, vecinos perdidos, cuñados remisos. Allí intentan verificar el paso del tiempo en los rasgos de los otros y compararse con su espejo. He escuchado hasta el paroxismo unas palabras adjudicadas erróneamente a Alberto Einstein “el tiempo es relativo” y “todo es relativo”. Para algunos la frase “cualquier tiempo pasado es mejor” ni Spinetta se las puede retrucar.

Son los que dicen “en mi época” como si estuvieran muertos o como si fueran habitantes del precámbrico anterior y allí se quedaron para siempre. Sólo siguen vivos por la extraña circunstancia de continuar respirando.

Todo lo mejor que les pasó siempre fue antes. Nunca les pasa nada interesante. Nunca disfrutan lo que les pasa. Conformismo como el de los que dicen “es lo que hay”.

Hay algunos, los menos, a quienes les gusta lo que tiene movimiento. Lo que no se queda quieto. Como el tiempo. Entonces, andan haciendo pruebas a ver qué es lo que funciona. Ensayo-error. Se andan enamorando de lo que les gusta, saborean los alimentos como manjares de palacio, disfrutan la belleza de lo clásico pero también de lo efímero.

Apelan al recuerdo para comparar pero se detienen a pensar en lo que tienen enfrente, disfrutando la posibilidad de ese único instante del presente continuo, del presente perfecto, sin otra conjugación que el saber que la posibilidad del mañana es eso: una posibilidad. Pero que también podría ser que no.

Conozco a otros que miden el tiempo sin los relojes ni el calendario gregoriano. Miran la pila de libros que acumulan esperando poder leerlos en los próximos días, los papeles escritos sin revisar, las lista de películas pendientes, las músicas ansiosas por ser escuchadas, las visitas a los amigos para poder disfrutar de buena compañía y las recetas para compartir sin apuros, con buenos vinos, con los mejores besos, sin la aceleración ni el vértigo de tareas pendientes. Para algunos, la vida misma está compuesta de esa manera de conducirse. Y seguramente tendrán espacios de crisis y problemas cotidianos, y asuntos sin resolver, pero también eso será parte de una acción diferente a la persecución extrema por la velocidad de hacerlo todo en el mismo instante, de tal modo que nada se hace bien.  Y tampoco nos hace bien.

Hay gente que es responsable y tiene capacidad para resolver sus compromisos, pero también disfruta con el tiempo que le dedica. Y disfruta con el tiempo que piensa lo que hace y con lo cotidiano, coherentemente. Seguros de que en cualquier momento todo puede terminarse. Pero seguros también de que, por eso mismo, cada detalle es importante, como es importante el conjunto.

Las distancias hoy están desdibujadas con la posibilidad de las comunicaciones instantáneas. Pero el tiempo, ese cruel inexorable, nunca vuelve. Es por eso que el poeta le da importancia y es por eso que sabemos de lo efímero de los amores y de la vida misma.

A lo mejor, los artistas podrían vencer la muerte con la trascendencia de su arte. Nosotros mientras tanto, vivimos apasionadamente cada detalle. Cada lágrima. Cada beso. Cada ausencia.  A cada instante.

Tempus fugit.

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