Mendoza,

de
de

 

Emilio Vera Da Souza

Sorpresa, resfalosa, cebollita y huevo

Me despertó una llamada al celular luego de una noche de vinos y recuerdos con amigos en el viejo Zócalo de la Cuarta. Un poco después de las 9. Atendí sin mirar la pantalla. Era el Coco Yáñez. Su voz temblaba como nunca.

10/7/2017

Me daba cuenta de que algo le pasaba pero no imaginaba de qué se trataba la mala noticia que me estaba por dar. Sabía que sería alguien querido para él. Me preguntó si sabía qué había pasado con el Marziali. Nada sabía yo. Lo dejé hablar ya que inmediatamente entré en sintonía con lo que le pasaba.

Coco Yáñez era el amigo elegido de Jorge Marziali. Su tocayo hermano. Yo sospeché infundadamente que el Jorge Coco Yáñez sólo necesitaba hablar con alguien de confianza, para poder expresar su angustia, su tristeza, su dolor, por la repentina pérdida de su querido amigo de tanto tiempo en la vida.

El Coco no se animaba a llorar abiertamente. Ya se sabe que él es un hombre grande. Y los hombres grandes no lloran. Salvo que se les muera el hermano. Entonces llaman a los amigos para hacer como que no lloran.

Jorge Marziali empezó a ser conocido en la música cuando el renacimiento democrático. Él cantaba sus canciones mientras escribía sus crónicas periodísticas en un gran diario argentino, salud.

Nos cruzamos en varias ocasiones durante estos últimos 40 años. En sus venidas a Mendoza siempre tenía amigos comunes o nuevos e interesantes personajes. Las últimas veces nos vimos solos, por algunos bares, cafés de Chacras de Coria, intercambio de saludos y preguntas de rigor, algunos recuerdos comunes, extrañando al querido Negro Julio Castillo.

Nos veíamos poco, pero nos escribíamos bastante. Me mandaba sus avisos de espectáculos con un pedido expreso incluido: “Vea don Emilio si lo puede publicar por allí. Lo espero si puede asistir”.

Cuando veía el anuncio en el diario sobre su presentación con la querida Marita Londra, su compañera enamorada, me mandaba un saludo como respuesta agradecida. Siempre el mismo: “Muchas gracias amigo. Abrazo. Ud es un verdadero criollo. Lo espero”.

Yo recuerdo algunas de sus canciones: “Los obreros de Morón”, “Cebollita y huevo”, “Este Manuel que yo canto” y “Coplas de la libertad” las más conocidas. Pero la que más me gusta cantar y recordar es la “Resfalosa de los patines”, que describe un paseo por las veredas de las calles cercanas a la Alameda. Siempre, siempre que la escucho, se me queda pegada un rato largo. Me divierte, me gusta. Me da alegría recordarlo cantando con su barbita.

Otro encuentro con el Marziali, fue hace como veinte años. Nos subimos al mismo avión en Buenos Aires y nos cruzamos en el pasillo. Saludos y abrazos. Cada uno a su asiento asignado, yo en la quinta fila y él por el final, ajustarse los cinturones y esperar llegar a Mendoza. En la mitad del viaje, el comandante de la aeronave anuncia una importante tormenta y el desvío del vuelo por el norte y una gran turbulencia. A pesar de que estábamos acostumbrados a los movimientos por los temblores, eso era incomparable. Casi dos horas de saltos, caídas, pozos de aire, rayos entre las nubes al alcance de la mano. Apenas se estabilizó el avión y comenzó a descender en San Juan, Marziali se me sienta al lado. Me agarró la mano y me dijo: “Sigamos juntos. Si no, esto es insoportable”. No hablamos más hasta que llegamos a Mendoza. Tomamos una ginebra con hielo cada uno. Y nos abrazamos esperando recuperar los colores perdidos en la experiencia.

Recuerdo al Marziali con un humor lleno de complicidades. Sarcástico y repentino.

Recuerdo que participó en la película “El general y la fiebre”, sobre las negociaciones del General San Martín para que se declare la Independencia en 1816, dirigido por Jorge Coscia.

Jorge Marziali se murió en Cuba, visitando la tumba del Che. Estaba rodeado de amigos y su compañera.

Ahora el mundo será diferente. Perdió un poco de su alegría, de su risa, de su arte. Mi amigo Jorge “Coco” Yáñez andará un poco solo y triste. Habrá que acompañarlo en el camino.

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