Mendoza,

de
de

 

Emilio Vera Da Souza

La pena de la pena de muerte

Cada vez que pasa un hecho policial grave, violento, escandaloso y llamativo la radio, pero sobre todo la televisión, lo toma y lo repite hasta el hartazgo, lo multiplica, lo amplifica, lo desmenuza, lo desnaturaliza, lo actúa y lo aprovecha hasta el próximo evento similar.

14/6/2017

Los grandes diarios, con más tiempo para la reflexión, se encargan de analizar el caso, de someterlo a opinión de especialistas de todo tipo y de buscar antecedentes cercanos y lejanos para establecer comparaciones, elaborar teorías, proponer acciones y recomendar políticas.

Como casi toda la población ha sido partícipe de hechos vinculados a la inseguridad y a la violencia, ya sea como víctima, como familiar de una víctima, como testigo directo, como vecino o como espectador, de cualquier manera los interesados tienen derecho a opinar.

Pero los más cercanos a los hechos son los que no sólo tienen derecho sino que algunos llegan más allá y se piensan como especialistas y por lo tanto, voces o voceros autorizados a emitir cualquier opinión. Inclusive las más audaces y arriesgadas. Aun aquellas que no tienen fundamento más que el fervor de la emoción de ser protagonistas.

Es así que cada hecho es presentado como destacado, y así también el que le sigue, y el que viene luego y todo hasta el cansancio…

Desde ese lugar, el del cansancio, se escuchan como una letanía, las justificaciones y soluciones taxativas para que los involucrados tengan lo suyo. Las víctimas su justicia y los responsables su castigo.

Mientras más cansado está el público y los protagonistas, más simplificadas y binarias son las posibles conclusiones.

Una cosa o la opuesta. Blanco o negro. Garantistas o represores. Civilizados o bárbaros. Apocalípticos o integrados.

Así las cosas, las opciones para participar que nos proponen son pocas y casi siempre falaces. Y en general se usan las mismas para todo tipo de delito, robos, asaltos, violaciones, asesinatos.

Hay que elegir del menú básico: ¿justicia oficial o por mano propia? ¿Condena legal o ejecución sumaria? ¿Cárcel o libertad condicional? ¿Código Penal o gatillo fácil? ¿Mano dura o garantismo?  ¿Vida o muerte?

Se escuchan varias voces justificar la pena de muerte ante cualquier hecho más violento que los acostumbrados, que ya tienen bastante sangre. Y también condenar a muerte a menores.

El Estado argentino se ha ocupado bastante a lo largo de toda su historia de matar gente.

En algunos períodos con un motivo, en otros con otro.  Al principio en nombre de la patria el 26 de agosto de 1810. En Córdoba. “Ya estoy listo, muchachos”, dijo Liniers, ante la primera condena a muerte de la Revolución de Mayo.

En 1818. A tres horas de conocerse en Mendoza la noticia de la victoria en la batalla de Maipú, fueron fusilados los militares chilenos, adversarios de O’Higgins, Luis y Juan José Carrera. En 1821. Fusilaron a José Miguel Carrera, hermano de Luis y Juan José, después de un juicio sumario. En 1828. Dorrego fue fusilado por Juan Lavalle. En 1848 en nombre de la moral Camila O’Gorman y el cura Ladislao Gutiérrez fueron muertos fusilados. En 1852 luego de la batalla de Caseros, Rosas fue derrotado, Urquiza ordenó fusilar al coronel Martiniano Chilavert. Luego decretó la abolición de la pena de muerte por causas políticas en Buenos Aires y en1922 se abolió en toda la Argentina. En 1930 el general golpista Uriburu instala con un bando militar la pena de muerte y matan en Rosario a un canillita catalán que gritó “Viva la anarquía” al caer fusilado sin juicio en la oscuridad de la noche. Así comienza una larga etapa de la historia en la que se mata por ideas, por delitos o por lo que sea y se busca disfrazar esos asesinatos de actos de justicia o de esconder la responsabilidad de la muerte detrás de la palabra “desaparecidos”. Nuestra Constitución lo prohíbe expresamente en todos los casos desde 1994.

No importa el verdugo, no importa el muerto. Matar en nombre del Estado o de la Justicia o con la propia arma es como matar a sangre fría.

La mentada Ley del Talión, más vieja que la Biblia que indica “ojo por ojo”, sólo dejará una sociedad tan violenta como la que se quiere evitar, pero llena de tuertos y ciegos, que como pocos pueden ver, seguirán a cualquier líder que les ilumine un poco el camino.

Y eso será una gran pena.

Te puede interesar

te puede interesar también...
Visitá la sección Emilio Vera Da Souza