Mendoza,

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Emilio Vera Da Souza

Una brevísima autobiografía

Hace un tiempo, no tanto, me pidieron una reseña sobre aspectos destacados de mi vida, para presentarme en una charla frente a alumnos del último año de secundario y primeros años de universidad.

6/6/2017

Les envié una síntesis que escribí para una revista que, podría decirse, era el germen de una breve autobiografía. No les gustó y me pidieron un currículum vitae de verdad. Como yo no me dedico a cuestiones académicas formales, ni competencias, ni concursos en donde hay que proponerse para ser premiado, ni participo de tires y aflojes por espacios en donde los diplomas son más importantes que la experiencia en el oficio, tampoco estoy en lugares donde la propia actitud y entusiasmo personal son dejados en un plano inferior a la hora de decidir sobre la participación en una propuesta profesional o proyecto artístico o creativo. Por eso no tengo un currículum (qué palabra) presentable como si fuera un funcionario universitario. A los organizadores de la charla les mandé entonces un listado de títulos y trabajos para que me presentaran como ellos querían y así quedaran conformes con su propuesta de exponer algunas ideas frente a una clase con alumnos que asistían más obligados que curiosos en los conceptos y experiencia de un periodista y escribiente, tan desconocido para ellos como poco interesante.

Al comenzar el evento leyeron el listado de mis logros mostrables y que podían cuantificarse. Algo tan aburrido como la lista del supermercado o el índice de un libro de autoayuda de algún exlocutor, o los consejos de una hija de un famoso en decadencia.

Cuando me tocó hablar a mí, hice un comentario sobre estos hechos y dije luego que una posible autobiografía debería ser tan breve que pareciera que toda nuestra vida ocurriera en menos de noventa líneas cada cincuenta años y que lo más interesante para nosotros quizá no lo fuera para la audiencia. Se me ocurrió hacer una experiencia en dejar que eligieran entre los datos fríos y mi propio relato. Por eso leí el primer texto que les había enviado con algunas líneas menos para que quedara muy sintético.

“Mi nombre es Emilio; tengo dos hijas, Julia y Paula, ninguna deuda y varias cuentas pendientes. No fui albañil porque no me podía las bolsas de cemento. No fui pintor porque me daba vértigo subirme a escaleras para pintar los techos. No fui gomero, porque no me podía la masa para arreglar las pinchaduras de las gigantescas ruedas de los camiones. Trabajé vendiendo jabones con mi hermano. Trabajé vendiendo diarios para comprarme una bicicleta pero no me fue bien. No fui delincuente porque nadie me enseñó. No fui asesino, ya que me impresiona la sangre. Cuando era joven quería ser mujeriego. Ya no. Fui soldado obligatorio de la patria contra mi voluntad. Fui estudiante de química por mi voluntad. Trabajé en una granja, en una viña, en un olivar, en fábrica de cortinas, en una fábrica de mantas, en una fábrica de lampazos. Trabajé criando chanchos, conejos, vacas lecheras, cabras y caballos. Manejé tractores. Estudié cine, música, criminalística y economía.  Volé en globo. Crucé la cordillera en mula por el camino que hizo San Martín. Trabajé en una carpintería. Trabajé como maestro alfabetizando a mujeres mayores, adultos y ancianos. Fui asesor del Ministerio de Economía. Trabajé en una fábrica de placas de electrónica y cuando empezaba a ganar buen dinero me ofrecieron ser periodista. Ingresé al diario Mendoza en el archivo y como cronista volante. También en el trasnoche de Radio Nacional. Escribí para una revista de cine y otra de literatura. Mis notas se publicaban en revistas de arte, de interés general, de actualidad, de rock y de política. Inclusive en varios países de Europa apreciaban mis escritos. Trabajé en radio. En varias radios. Fui jefe en una oficina de prensa institucional. Trabajo en Diario Jornada, en Mendoza Opina, en Página/12, y varios periódicos publican mis escritos y la mayoría de los otros diarios ni siquiera saben que existo. Soy periodista, me gusta el vino, me gustan las mujeres, los besos franceses como el champán, la comida mediterránea, viajar por las rutas sin destino y reírme hasta que me duela la panza. Estoy tan en contra de la pena de muerte que inclusive estoy en contra de la muerte natural”.

En síntesis, cada uno elige la forma de contarse.

Buen provecho.

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