Mendoza,

de
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Emilio Vera Da Souza

Los contadores y los escuchadores

Cuan­do uno se reú­ne dis­ten­di­do, pa­ra go­zar de una ce­na o dis­fru­tar de al­gu­nos vi­nos y de char­la ame­na en­tre per­so­nas con bue­na con­ver­sa­ción, sue­len apa­re­cer plan­teos in­te­re­san­tes, jue­gos de pa­la­bras y de la imaginación. Ideas que por lo menos son simpáticas para compartir, o para concluir sobre algo cotidiano.

10/5/2017

Eso, que suele pasar en El Zócalo de la Cuarta, es para compartir con ustedes. En una juntada nunca falta quien traiga alguna frase y plantee, a partir de eso, alguna anécdota y haga alusión a una historia, propia o ajena, real o imaginaria.

Podríamos decir que en las reuniones hay dos tipos de personas: las que cuentan bien las cosas y los otros. Pero para que esto ocurra, indudablemente, debe darse como condición que existan otras variables: los que sean buenos escuchadores y los otros. Así, si logramos entonces buenos contadores de historias y buen público, nos encontramos con algo que suele ser escaso pero frecuente. Sorpresivo pero buscado. Extrañado pero querido: una noche divertida, memorable, digna para el recuerdo.

De eso se tratan las mejores noches en el Zócalo de la Cuarta. Juntar a los asistentes entre los mejores ocurrentes o los más destacados “escuchadores”. La conjunción perfecta.

Algunos contadores de anécdotas o de historias suelen llamar la atención de los parroquianos, con alguna frase en un volumen más fuerte que el resto, a fin de ser el centro de las miradas, y en ese momento dice, por ejemplo, una afirmación que siembra el suspenso de lo que puede desencadenar en los presentes: “Dijo Coco Chanel: ‘Las mujeres necesitamos de la belleza para que los hombres nos amen y también de la estupidez para que podamos amar a los hombres’”. Y allí se generan innumerables comentarios, afirmaciones, entredichos y contradicciones. Luego, mientras se descorcha y se sirve otra botella de Cabernet Sauvignon, la conversación podría girar en torno de aseveraciones secundarias o temas de interés general.

Así se va buscando que surjan razones y elaboraciones que inviten a la reflexión y la expresión de las ideas. Casi sobre cualquier cosa se puede hablar. El asunto, como dijimos, es tener la conjunción exacta en la reunión entre buenos “decidores” y buenos “escuchadores”.

En la actualidad, vivimos con bastante aceleración en espacios, más virtuales que reales, en donde compartimos con amigos, favorecedores, clientes o conocidos, pero donde no tenemos suficiente tiempo como para sostener una afirmación, una idea y alguien con ganas de escucharnos o contradecirnos con fundamentos, más o menos interesantes, o por lo menos novedosos.

En las reuniones hay dos clases de contadores: los que se ponen como protagonistas y esos a los que aparentemente nunca les pasa nada, ya que lo que cuentan es en tercera persona. Siempre tienen una tía o un cuñado al que le pasan cosas originales.

Una cosa bastante frecuente, a la hora de discutir sobre algún asunto que evidencia las pasiones, es que los participantes utilicen argumentos ajenos e inconducentes a la hora de querer demostrar su diferencia.

En lugar de seguir la misma línea temática se busca correrse del asunto central descalificando al que ha expuesto su tesis, con argumentos banales y extemporáneos, sin cuidado y en algún momento, quedando tan lejos del tarro, que corremos el riesgo de terminar salpicados y enojados.

Ya todos sabemos lo que nos cuesta juntarnos aunque sea una vez al mes. Entonces, para qué quedarse solo, si la noche está tan linda, la comida salió rica, los vinos son exquisitos y las personas buena compañía.

Anímese y cuente una buena historia. Argumente con pasión pero con una línea clara y con argumentos contundentes e ingeniosos. No utilice el agravio gratuitamente, No el descrédito como arma. Siempre es mejor discutir con datos.

O quédese callado.

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