Mendoza,

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Emilio Vera Da Souza

Días de Vendimia y recuerdos

En medio de los efluvios vínicos, de las fiestas vendimiales de Mendoza, de fantasiosas monarquías etéreas, de paisajes llenos de forasteros turistas, evoco a un personaje de mi propia historia.

6/3/2017

En esta época, él siempre me traslada a las imágenes más fieles que guardo en mi memoria sobre las vendimias. Entre hileras y parrales, con canastos para juntar los racimos, las ropas con olor a mostos, el peso agotador sobre la espalda de los que tienen que correr hasta el camión, dejar las uvas, guardar las fichas, volver a la hilera y... volver a empezar.

Guardo estas imágenes como fotos, porque él las bocetaba a lápiz, las entintaba chinamente con plumín.

Con acuarelas y agua las traía a la realidad y luego de algunos toques casi mágicos, terminaba sus ilustraciones listas para la imprenta. Cada vino me trae eso a la memoria, desde el niño que yo era y que crecía entre sus paisajes de luces y sombras de los óleos.

Mi abuelo, era demócrata. Perdón. Va de nuevo. Mi abuelo era democrático.

Sabía en carne propia quiénes no lo eran.

Vino a la Argentina a fundar diarios, antes de que en su país estallara la guerra más cruel de la que España tiene memoria. La Guerra Civil Española.

A pesar de que estaba lejos, como casi todos sus compatriotas, se obligó a tomar partido.

Optó por la república.

Todavía se conservan en mi casa, afiches llamando a colaborar para comprar leche y alimentos para los pueblos aún republicanos. Hay libros y revistas en las que colaboraba. Junto a grandes poetas y escritores buscaba la solidaridad para sus compatriotas asolados por la muerte de esa guerra que se libraba entre bandos opositores que en algunos casos, vivían en la misma casa, compartían el mismo apellido.

La guerra no lo obligó a emigrar, pero le impidió volver. Recorrió la Patagonia, Buenos Aires y las montañas del oeste. Mendoza.

Él amaba su pueblo y a las personas de su pueblo. Su pueblo español y su pueblo mendocino.

Hablaba, escribía, dibujaba y pintaba a las personas y los paisajes de su pueblo.

Era toledano pero con un sentido universal de pertenencia.

En su Toledo, una calle lleva el nombre de una de las personas que más admiró y extrañó en su corta vida hasta su muerte: su hermano Enrique. Su familia de artistas es reconocida en Castilla y La Mancha.

Trabajó junto a sus amigos en Mendoza: Roberto Azzoni, Fidel De Lucía, Américo Calí, Ricardo Tudela, Vicente Nacarato, Fidel Roig, Pedro Corvetto, entre otros. Aportó su tarea en numerosas publicaciones y diarios y revistas junto a entrañables y solidarios escritores y pintores: Antonio Machado, Julián Marías, León Felipe, Luis Cernuda, Tristán Tzara, Benito Quinquela Martín, Ricardo Levene eran sus amigos y colegas.

Las tapas de los libros de Best Impresores eran hermoseadas con sus ilustraciones. Etiquetas de vino, de barricas, logotipos de empresas, ilustraciones de publicidades y cartelería fueron inventadas por él.

Fue docente, fundador de la Escuela Provincial de Bellas Artes y de la famosa escuela técnica de Maipú.

Realizó el primer afiche de la Fiesta de la Vendimia en 1936, del que se conserva un solo ejemplar archivado en algún burocrático y oculto espacio de la Secretaría de Cultura. Hay un restaurante que usa, sin permiso y sin mencionar al autor, una imagen suya. Un robo sin atenuantes. Hay un lugar con su nombre en el cementerio de la Capital en Mendoza. En el último paredón del norte, a la altura de los ojos. La tumba las comparte con su hijo, que murió siendo soldado obligatorio. Sobre fondo blanco en letras negras, en medio de los datos de los dos muertos, se puede ver el dibujo de una pluma en un tintero, como el del Círculo de Periodistas de Mendoza que él ayudó a fundar. El apasionado escritor, periodista, ilustrador y pintor que era mi abuelo se llamaba Pablo Vera Sales. Entre descorches de vinos me acuerdo más de él.

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