Mendoza,

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Emilio Vera Da Souza

Unos días de miércoles

Difíciles los eneros. Tienen siempre la impronta del calor agobiante, de las ausencias de amigos por vacaciones, de la incomodidad laboral.

Difíciles eneros de estío, difíciles sin aires acondicionados, ni a 24 grados, sin piletas, sin ventiladores en condiciones, sin manguera a mano.

Las noches en enero maravillosas. Largas noches de temperatura ideal para andar despiertos haciendo algo interesante, desvelado, trasnochado.

Pero hay que dormir. Mañana a trabajar temprano, somnolientos, desganados, como cuando dormimos vestidos. Desprolijos y asueñados.

Los eneros en Mendoza podrían ser más divertidos, pero no solos. Los bares están cerrados, los amigos en la playa, los responsables duermen, la guitarra no se puede tocar.

Enero es así. Nos toca trabajar como cualquier mes del año, pero solos como islas. Toca ordenar el arranque del año pero haciendo fuerza como loco malo, sin invitados a esta fiesta nada divertida.

Las calles tristes a la siesta implacable, las noches desiertas como una ciudad en guerra. Sin estruendos de bombas pero sin gente asomando por las veredas.

Extraño a mi primo Armando que cuando viene hacemos ronda de salidas a probar tragos y a reírnos de las mentiras que cuentan los parroquianos. Nosotros nunca. Nosotros diáfanos.

Extraño los encuentros de sobremesa para tomar algo fresco y salir del sopor de la tarde que nos mantiene así aletargados...

Entramos a un lugar, bastante conocido, nos traen la carta, demoramos unos minutos en saber de qué tenemos ganas. Convencidos a medias llamamos al mozo para hacer el pedido y cuando se acerca lo primero que nos dice es que la cocina está cerrada y la barra también. “A lo más, les puedo servir una cerveza...”, dice con un tono entre cómplice y ganador... sin darse cuenta de que no le queda bien.

En otro lado la historia se repite. No es la madrugada. No es que estamos todo mal. Medianoche. Mendoza. En una de las calles más transitadas de la ciudad. No es que parecemos turistas. Tampoco lugareños. Es así esta ciudad, sin ningún corazón de furia. Una ciudad que se trasladó a otro espacio. Una ciudad repentinamente zonza. Sin estilo, sin glamour, sin personas para compartir.

Llena de nada como una esponja de mar. 

Los turistas extranjeros en enero la pasan formidable, parece. Sobre todo los más chicos. Se los ve caminando por las veredas prolijas en grupos de a tres o de a cinco. Alguno con las ojotas en la mano. Colorados por el sol, ojerosos por el agotamiento. Buscan un lugar donde gastar sus apetecibles euros o dólares y... todo está cerrado a medianoche. Andan de hostel en hostel tratando de encontrar complicidades, datos seguros para ir a recalar, a tomar algo, a fumar algo, donde pase algo. Una ciudad en donde pueden andar como al descuido, pero que ya está apagada. No hay rocanrol en la penumbra noctambulesca.

Enero tiene esas noches apagadas de entusiasmo, pero peores días.

Entonces, pienso, sin otro argumento que la desidia y el hastío, que merecemos mejores eneros.

Llenos de bares para pedir tragos más interesantes que la berretada de ferné con cola. No hay lugares de coctelería de calidad, donde los barman hagan tragos de calidad y no piruetas de malabaristas. 

Otros eneros podríamos hacer, con parroquianos que rían alegres de las ocurrencias de los de la mesa de al lado y que alguno se anime, como en las películas que nos gustan, a pedir una ronda para los de la otra mesa y pagar lo consumido con gusto.

Las noches de enero no debieran ser clausuradas por la desidia.

En enero hay que inventarse mejores amoríos y posibles encuentros apasionados.

Hay que hacer que un mes que está casi de vicio en el calendario, encuentre su destino caribeño, pero con el condimento de lo actual y novedoso.

No vamos a hablar ahora de los que cumplen años en enero, que es algo diferente que para los que han nacido en cualquier otro mes del año. 

Enero en el oeste de este país es algo duro y diferente.

Acá se ocupa un lugar donde debería ser mejor no decir: “Lo mejor es irse” ya que se podrían inventar mejores actividades mundanas para estos días de lo peor.

Deberían ser mejores días para quedarse a ver qué pasa mientras se nos ocurre hacer que pase algo y que los que se han ido les dé bronca habérselo perdido.

Buen provecho.

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