Mendoza,

de
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Emilio Vera Da Souza

Mi primer mundo

Debo decir que si no fuera por el afán trasladista de mis padres yo no hubiera podido saber de los detalles del mundo.

28/12/2016

Emilio Vera da Souza - everadasouza@gmail.com

A algunas personas les tocaba conocer países vecinos, a otros atravesar océanos y saber de naciones exóticas.

Otros, los más, solían saber detalles del viejo continente y comentarlos, según la ocasión, cada vez que podían.

Cada uno tenía en sus relatos un lugar. Su propio cielo o infierno particular.

 Yo por esas cosas del destino, pude conocer los barrios. Todos los barrios.

Y eso es conocer detalles del mundo.

Cada barrio tenía que tener un almacén, una escuela, una plaza, una ferretería, una carpintería, un taller mecánico, una heladería, una iglesia. En casi todos había (prácticamente en abandono, cuando yo llegaba) un cine.

La zapatería, un baldío, algún jardín con árboles frutales, una casa con pileta, otra con altillo, una imprenta, una bicicletería, una tienda.

Las Heras, Guaymallén, Capital y Godoy Cruz eran los escenarios posibles, aunque una vez se animaron a avanzar para el sur y yo pensé que íbamos a terminar en Tunuyán o La Consulta, pero me equivoqué. Era urbana mi familia.

Lo más agreste que nos pasó, fue cuando llegamos a colonizar al barrio Fuchs, pasando el Trapiche, allá en Benegas, en el límite con una bodega con finca de viñas y cerezos que hoy el progreso ha bautizado “Palmares”.

En todos los barrios me tocó encontrar distinta gente pero que se repetía con algunas diferencias o con algunas semejanzas.

Tenía que haber un loco, una mujer hermosa, una vieja amable y cómplice, un rufián, un amigo, un policía, una viuda, una familia numerosa, un taxista.

En todo barrio que se precie, había una modista, una profesora de piano, una maestra particular, un sastre.

En algunos barrios, había cerca un tambo, y si no pasaba el lechero en camioneta.

Los jueves pasaba el pescadero y otro día que no me acuerdo, en una extraña motocarga, el achurero.

Alcanzo a recordar, borrosamente, un camioncito azul celeste, con un tanque grande y blanco que a los costados decía “kerosene”.

Mi primer mundo fue en Las Heras. Allí me tocó la casa en la calle Burgos, frente a la terminal de la siempre verde Línea 1, que hacía el recorrido desde allí hasta el carril Cervantes, que era más o menos, en los límites del universo.

En una esquina el almacén de los García que vendía todo suelto y hacía los paquetes con el papel y los dedos doblando los bordes como el repulgue de las empanadas, pero no se escapaba ni un poquito de azúcar. En la otra esquina, para el otro lado, la tintorería japonesa de la familia Teruya, con cartel amarillo y letras negras, como corresponde.

La estación de servicio con gomería, pegadito los italianos Mazzolín y un poco más acá el bar. Enfrente la rosticería Montecarlo, entre la repuestera, el quiosco de la entrada del Control y la puertita en donde se vendían los abonos para el micro.

A dos cuadras, frente a la plaza, el club social, la tintorería de los hermanos Parés, el cine Belgrano y del otro lado, la escuela Sargento Cabral y más allá, la panadería.

El Chupanafta, era el loco más lindo del lugar.

Un día vino Nicolino Locche y en ese momento no entendía por qué pero todos se juntaban para abrazarlo y otros lo alzaron y llegaba gente y más gente y más gente.

En la calle de atrás, finita y sin árboles, doblando por San Miguel, pasando la imprenta de don Bustos, había un taller en donde a veces llevaban para arreglar un auto de carrera que le decían “El trueno naranja”.

Más allá vivía mi primera novia, la Nancy.

Hasta hoy me persigue su belleza en mi recuerdo.

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