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Siamo Fuori: Italia sufre la eliminación del Mundial tras 60 años

No hubo nada que hacer. La selección italiana cuatro veces campeona del mundo (1934, 1938, 1982 y 2006) quedó eliminada de Rusia 2018 luego de un angustiante y complicado partido ante su similar de Suecia, que aguantó el 0-0 en el San Siro de Milán después de haber ganado en la ida del repechaje 1-0.

14/11/2017

Por Sergio Levinsky

El impacto de la eliminación “azzurra” es aún inconmensurable porque seguramente traerá consecuencias de todo tipo, desde la pérdida de una potencia mundial en Rusia 2018 hasta el posible cambio de paradigma para un fútbol que ya se venía desbarrancando desde muchos aspectos y que anoche tocó fondo y generó una crisis que dejó a los “tifosi”, acostumbrados a los éxitos, en estado de shock.

Ni siquiera el director técnico Giampiero Ventura, vilipendiado desde todos los sectores, anunció su renuncia al cargo porque, según dijo luego, “hay muchas cosas a evaluar” (una podría ser el motivo de la ausencia de su mejor jugador, el volante del Nápoli Lorenzo Insigne) y tampoco lo hizo el presidente de la Federacalcio (la AFA italiana) Carlo Tavecchio, quien insistió en “48 horas de reflexión”.

Con muchos menos pruritos, el gran arquero Gianluigi Buffon, próximo a cumplir los 40 años y quien ya fuera campeón mundial en Alemania 2006, anunciaba su retiro de la selección ni bien terminó el partido ante Suecia y ante los micrófonos de la prensa en el pasillo mismo del vestuario.  “Gigi”, ejemplo de comportamiento en los campos de juego, al punto de aparecer aplaudiendo a rabiar el himno sueco, silbado por gran parte del estadio, para contrarrestar la situación y marcar un cambio de rumbo en las tribunas, aunque sin éxito.

Si Buffon fue un ejemplo de calidad futbolística contrastada durante toda su carrera en el Parma y en la Juventus, y disfruta de cada partido y saluda con afecto a cada rival, y la defensa siempre ha mostrado solvencia como una característica del “calcio” de toda la vida, ahora con la tradicional línea de tres que por años compuso la Juventus seis veces consecutivas campeón de la Serie A (Barzagli, Bonucci y Chiellini, aunque el del medio se fue al Milan), es evidente que los azzurros vienen fallando en la elaboración del juego desde que se retiraron los últimos grandes talentos y con ellos se acabó una generación que ya no tuvo más recambio: Gianfranco Totti y Andrea Pirtlo.

Uno de ellos, Totti, parecía interminable como símbolo de la Roma y de una forma de jugar al fútbol con precisión de número 10. El otro, siendo un 5 adelantado, fue el adalid de la nueva táctica europea de jugar sin un “reggista”, un conductor al estilo de lo que fue Roberto Baggio, porque ahora esa función la podía realizar un mediocentro y desde más atrás, lo que por ejemplo en la Argentina generan Fernando Gago o, más atrasado, Leonardo Ponzio

Con la salida de los reggistas, de los jugadores que marcaron siempre la diferencia y de los que Italia siempre tuvo alguno (en los años sesenta el “Bambino” Gianni Rivera, por ejemplo), el “Calcio” se fue transformando en un fútbol mediocre, sin mucho que resaltar, que dependía cada vez más de los pelotazos a los “Bomber” (los 9) y traer extranjeros para suplir las carencias locales, especialmente del medio hacia adelante.

El problema es que en los últimos años, con los clubes en problemas económicos y la evidente baja en la calidad de vida del país, el fútbol italiano fue entrando en crisis y ya no atrajo a los extranjeros “•top” sino a una segunda línea de sudamericanos, ex yugoslavos y algunos africanos que no alcanzaron para llevarse títulos importantes en clubes.

Tanto es así que en todo el Siglo XXI, los clubes italianos apenas ganaron tres Champions Leagues, y dos de ellas (2003 y 2007) las obtuvo el Milan hace ya una década o más y apenas el Inter de Mourinho pudo conseguir una aislada en 2010 luego de colgarse del travesaño en el Camp Nou ante el Barcelona de Lionel Messi en 2010, hace siete años.

Mucho más contundente es la participación italiana en Eurocopas y Mundiales. En los dos últimos, Sudáfrica 2010 y Brasil 2014, no pudo pasar de la fase de grupos hasta que no tuvo suerte y para la clasificación para Rusia 2018 le tocó una potencia como España que no sólo la redujo al segundo lugar sino que la bailó en el Santiago Bernabeu (3-0), escenario en el que en 1982 se había coronado campeona del mundo.

Con un fútbol lento, sin creatividad, con estadios vacíos y sin grandes estrellas mundiales, al fútbol italiano todavía le faltaba algo más, una intolerancia en las tribunas que empezó a parecerse lentamente a la Argentina, con clubes sancionados a jugar a puertas cerradas,  o en el colmo de los colmos, lo ocurrido apenas semanas atrás cuando los ultras de la Lazio ocuparon la cabecera de los hinchas rivales de la ciudad, la Roma, aunque no les correspondía, y mostraron stickers insultantes contra Ana Frank, la adolescente  judía asesinada en el campo de concentración de Bergen-Belsen durante la Segunda Guerra Mundial,.

Sólo en los mundiales de Uruguay 1930 y en Suecia 1958 había estado ausente la selección italiana, que fue campeona dos veces consecutivas en 1934 y 1938, en tiempos del ascenso del fascismo del “Duce” Mussolini, quien le había advertido al director técnico Vittorio Pozzo que era “ganar o morir”.

Lejos está en el tiempo aquella imagen de los habilidosos como Bruno Conti o los talentosos como Giancarlo Antognoni en España 1982 o defensores lujosos como Gaetano Scirea en 1982 o Franco Baresi en los noventa.

Los dirigentes del fútbol italiano no entendieron que aquellos tiempos se estaban acabando. Ni siquiera cuando al caer eliminada en la fase de grupos de Sudáfrica 2010 en el Ellis Park de Johanesburgo al perder 3-2 ante Eslovenia, Genaro Gattuso y el director técnico Marcelo Lippi advirtieron que así, no iba más.

Miraron para otro lado y ahora sí, llegó el final de una etapa. Italia no tendrá a su selección en Rusia 2018. Su pueblo, tan futbolero, se quejará, “siamo fuori della copa”, pero ya es tarde. Si no cambia, si no vuelve a sus fuentes, el fútbol italiano estará perdido. Y ahora lo tiene mucho más claro.

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