El diario gratuito de Mendoza

de de

Mendoza

Argentina Jorge Bossio Martes, 6 de Noviembre de 2018

La vida, desde el "atorrante" al "sinco"

El lenguaje humano vive, cambia, se modifica, vuelve a cambiar; mueren algunas palabras y resucitan otras y, finalmente, la misma sociedad lanza una batería de neologismos. Son los adolescentes los que han "tomado la batuta" e introducen nuevas palabras. Las diferencias o coincidencias con el lunfardo.

Crecí rodeado de libros que hablaban de los cafés, de pulperías, del lunfardo y toda la mitología tanguera sobre la que escribió mi padre. Pese a su título en Filosofía y Letras (o a pesar de él) voces como atorrante, funyi, gayola, mina y tantos otros, eran comunes en las tertulias que se armaban en casa.

Llamado en sus inicios el "lenguaje de los ladrones", originalmente esta jerga fue empleada por los delincuentes y luego por la gente de las clases baja y media baja. Sin embargo, ya a inicios del siglo XX, el lunfardo comenzó a difundirse entre todos los estratos y clases sociales, ya sea por la habitualidad de su uso, o porque era común en las letras de tango, o por ambos motivos.
Con el transcurso del tiempo, varias de sus palabras han pasado a países limítrofes como Chile, Paraguay y Bolivia, donde hoy es frecuente el uso del lunfardo en varias áreas urbanas. Además del tango, las razones por las cuales el lunfardo se "exportó", es por la gran cantidad de inmigrantes que iban y venían.
Pero su origen hay que buscarlo en las clases marginales y parece que la historia siempre se repite.
En la actualidad, son los sectores más carenciados los que crean el reservorio de términos. Justo esas clases, que son estigmatizadas como símbolo de delincuencia y drogas. Ellos terminan siendo el génesis de un argot que luego usan los demás estratos sociales.
Por eso, así como a fines del siglo XIX y principios del siguiente, fueron esos sectores los que impulsaron palabras que luego la alta sociedad tomó como de uso común, ahora, en el siglo XXI, sucede exactamente lo mismo. Antes fueron los "villeros", ahora son los "manyines". Pero en el presente son los adolescentes, esos que maduran antes de su edad normal, los que llevan adelante este fenómeno.
Escena en una escuela secundaria de extracción humilde. Sacado del diálogo de tres chicas de entre 13 y 14 años. "La Yenni se comió al Brian y ahora te lo querés comer vos". Y cierran la discusión diciéndole a la infractora que es una "sinco". Cuando una llamó a la otra "sinco", quiso decir que no tiene códigos.
En cuanto al léxico, la imaginación y la creatividad son admirables. Como usar "Milipili", unión de Milagros y Pilar, para identificar a una chica superficial. O el más difundido "Ah re", identificando una exageración o algo que no debe interpretarse en forma literal. "Mandar fruta, o "bardear" y "chabón", son tan comunes que trascienden los estratos.
También están los que se nutren de la actualidad, como "de la Salada", para significar algo trucho, o "poné casa", para aquel que presta su domicilio para la "previa" antes de ir a bailar. "Paja" o "alta paja" es no tener ganas de hacer nada, o "manija" para el ansioso o desesperado.
Podría seguir por muchas páginas más, porque así, a la memoria, me vienen "una banda", "bancá", "infumable", "flashear", "zarpado" y "al toque". Cientos más corren libremente por nuestra sociedad.
Seguramente algunos de ellos o sus intérpretes, son denostados por sus orígenes, por su aspecto o porque son "sapo de otro pozo". Cuando ocurran esos momentos, cuando miremos de reojo o nos caigan mal esas expresiones, recordemos que hoy, cien años después, usamos normalmente atorrante, quilombo, zafar, y tantas otras que un siglo atrás habrían escandalizado a más de uno. Los tiempos pasan, los ciclos suelen repetirse y aunque la memoria sea corta, sepamos ver cada lado de la historia: "¿Te cabió?".

Seguí leyendo en Argentina